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Amén
1.- Oh Jesús mío, habéis dicho: “En verdad os digo, pedid y recibiréis;
buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá.”
He aquí que llamo busco y pido la gracia de.......................
Padre Nuestro, Ave María, Gloria al Padre, etc. Sagrado Corazón de Jesús
en Vos confío.
2.- Oh Jesús mío, habéis dicho: “En verdad os digo, lo que se pidiese a
Mi Padre en Mi Nombre, EL lo dará a vosotros.”
He aquí que en vuestro nombre, le pido al Padre Celestial la gracia
de............................
Padre Nuestro, Ave Maria, Gloria al Padre, etc. Sagrado Corazón de Jesús
en Vos confío.
3.- Oh Jesús mío, habéis dicho: “ En verdad os digo, que el cielo y la
tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán jamás.”
He aquí que, animado por Vuestra infalibles palabras, ahora pido la
gracia de............
Padre Nuestro, Ave Mará, Gloria al Padre, etc. Sagrado Corazón de Jesús
en Vos confío.
Oh! Sagrado Corazón de Jesús, solamente una cosa se os ha de ser
imposible y eso consiste en no tener compasión de los afligidos. Te
piedad de nosotros miserables pecadores y conceded la gracia que os
pedimos, mediante el Doloroso e Inmaculado Corazón de María, Vuestra
tierna Madre, y nuestra Madre compasiva.
Rezad “La Salve” y añádase la siguiente jaculatoria: San José, Padre
Guardián de Jesús, rogad por nosotros.
MAS ORACIONES A JESUS
NOVENA AL SAGRADO CORAZON
Oh Señor Jesús,
a tu Sagrado Corazón
yo confío esta intención____________.
Solo mírame,
entonces has conmigo
lo que tu Corazón indique.
Deja que tu Sagrado Corazón decida...
Yo confío en ti...
Me abandono en tu Misericordia,
Señor Jesús! Ella no me fallará.
Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío.
Sagrado Corazón de Jesús,
creo en tu amor por mi.
Sagrado Corazón de Jesús,
que venga tu Reino.
Oh Sagrado Corazón de Jesús,
te he pedido por tantos favores,
pero con ansias te imploro por esta petición.
Tómala, ponla en tu abierto y roto corazón,
y cuando el Padre Eterno la mire,
cubierta por tu Preciosa Sangre,
no podrá rehusarla.
Ya no sera mas mi oración,
sino la tuya, Oh Jesús.
Oh Sagrado Corazón de Jesús,
pongo toda mi confianza en Ti.
Nunca permitas que me confunda...
Amén MENSAJE DEL PAPA JUAN
PABLO II
PARA LA XX JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN
POR LAS VOCACIONES
Venerados hermanos en el Episcopado,
amadísimos hijos e hijas de todo el mundo:
"Yo te haré luz de los gentiles, para que seas la salvación hasta el
extremo de la tierra" (Act 13, 47).
"Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen" (Jn 10,
27).
1. Así leemos en las lecturas litúrgicas del IV domingo de Pascua, en el
que celebramos la Jornada mundial de Oración por las Vocaciones. Esta es
la Palabra de Dios que se nos anuncia para que elevemos nuestro corazón
a pensamientos grandes bajo la luz de la fe pascual.
La Palabra de Dios nos revela un misterio que se ha manifestado en la
vida de la humanidad. Efectivamente, ha tenido lugar un hecho decisivo:
el Señor Jesús, el Cordero de Dios, se ha ofrecido a Sí mismo por la
salvación del mundo. A partir de entonces se inicia una nueva historia y
la Iglesia de Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo, está llamada a
llevar este anuncio de salvación a todas las gentes, hasta los confines
de la tierra. Es una misión comprometida, confiada a las humildes
personas de los Apóstoles, y a sus sucesores y colaboradores escogidos
entre todos los pueblos, siglo tras siglo, con la promesa de que ninguna
potencia terrena podrá jamás interrumpirla.
El misterio de esta plena continuidad está iluminado por la presencia
del Señor Jesús que, aun viviendo en su gloria inmortal, se halla
siempre cerca de nosotros: "Yo estaré con vosotros siempre hasta la
consumación del mundo" (Mt 28, 20). Él está con nosotros, nos conoce,
nos hace sentir su voz, nos llama, nos guía, y no sólo para ofrecer su
salvación a cada uno de nosotros, sino también para salvar a los demás
por medio de nosotros.
Entre sus múltiples llamadas emergen algunas que suponen una
colaboración más estrecha en su misma misión: los ministerios ordenados,
la vida consagrada y la vida misionera; un privilegio que, en realidad,
corresponde a una ilimitada medida de amor y de sacrificio en la plena
donación de sí a Dios y a la Iglesia. ¿Cómo podremos agradecer
dignamente al Señor la gran confianza que Él ha depositado en nosotros?
2. Siempre fue para mí motivo de gozo celebrar la Jornada mundial de
Oración por las Vocaciones. Deseo participar de un modo especial en la
celebración de este año que es la vigésima. Efectivamente, han
transcurrido 20 años desde que el querido y venerado Pontífice Pablo VI
tuvo la inspiración de convocar a toda la Iglesia, con una "Jornada"
especial, para meditar y rezar por las vocaciones especialmente
consagradas a la causa del Evangelio. Muchas cosas alegres y otras menos
alegres han ocurrido a lo largo de estos veinte años.
Tuvo lugar la feliz conclusión del Concilio Vaticano II, que tanto
espacio dedicó a profundizar en la vocación y misión sacerdotal,
religiosa y misionera a la luz viva de la Palabra de Dios y de la
Tradición cristiana. El Concilio nos ha dejado en herencia un tesoro de
doctrina que todo creyente tiene el derecho y el deber de conocer con
exactitud, incluso para decidir con mayor lucidez la elección de su vida.
Durante estos años algunas Iglesias han sufrido, no sólo a causa de
persecuciones externas, sino también debido a dificultades internas que
han procurado a la Iglesia no leves sufrimientos provenientes de parte
de aquellos mismos que deberían haberle ofrecido mayor consuelo.
Pero el Señor nos ha reservado también el consuelo de registrar en
muchos lugares de la Iglesia el alba de una situación nueva, por el
hecho de que son cada vez más numerosos los que responden a su llamada.
Por aquel despertar alentador y por esa renovada generosidad, damos
gracias al Señor que ha escuchado la oración de su Iglesia.
3. Estos veinte años constituyen un período fecundo de experiencias
espirituales y pastorales en lo que respecta a las vocaciones
eclesiásticas. Mi predecesor Pablo VI y yo mismo, constantemente y sobre
todo con ocasión de estos Mensajes anuales, hemos querido insistir sobre
algunos puntos capitales, que quisiera sintetizar aquí, aunque están
bien presentes en vuestro ánimo:
— Palabra de Dios y vocaciones. Las vocaciones sacerdotales y
consagradas existen en la Iglesia y para la Iglesia según el designio de
Dios, que Él, en su amor, se ha dignado revelarnos. Apuntan, por tanto,
a una misión específica que no se confunde con ningún otro ideal humano,
por muy noble que sea. El Señor Jesús otorgue la gracia de conocer, de
creer y de acoger, por la fuerza de su Palabra, estas llamadas, que
pertenecen al misterio de su amor misericordioso.
— Oración y vocaciones. La Iglesia es un don de Dios para la salvación
de la humanidad. También las vocaciones al servicio total de la Iglesia
representan, por tanto, un don especial de Dios. Por ello, sólo a Él lo
pedimos, porque Él sólo puede darlo. Lo impetramos con el corazón
abierto al mundo entero, atentos al bien de todos los hombres. Recordad
que el Señor Jesús nos ha invitado a rezar por las vocaciones,
precisamente porque su corazón misericordioso veía el sufrimiento del
mundo: "Jesús, viendo a la muchedumbre, se enterneció de compasión por
ella, porque estaban fatigados y decaídos como ovejas sin pastor.
Entonces dijo a los discípulos: La mies es mucha, pero los obreros pocos.
Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9,
36-38).
— Testimonio y vocaciones. Os son familiares las palabras del Concilio:
"El deber de fomentar las vocaciones sacerdotales -y esto vale para
todas las vocaciones consagradas- afecta a toda la comunidad cristiana,
la cual ha de procurarlo ante todo con una vida plenamente cristiana" (Optatam
totius, 2). El Señor Jesús había hablado de la "tierra buena que dio
fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta" (Mt 13, 8). Donde hay fe,
oración, caridad, apostolado, vida cristiana, allí se multiplican los
dones de Dios. Reflexionemos, hermanos e hijos, sobre nuestra grave
responsabilidad.
— Llamada personal y vocaciones. Dios llama a quien quiere, por libre
iniciativa de su amor. Pero quiere también llamar mediante nuestras
personas. Así quiere hacerlo el Señor Jesús. Fue Andrés quien condujo a
Jesús a su hermano Pedro. Jesús llamó a Felipe, pero Felipe llamó a
Natanael (cf. Jn 1, 33 ss.). No debe existir ningún temor en proponer
directamente a una persona joven, o menos joven, las llamadas del Señor.
Es un acto de estima y de confianza. Puede ser un momento de luz y de
gracia.
4. Os invito, por tanto, a uniros a mi oración:
Señor Jesús, en este Año Santo, en el que revivimos el acontecimiento y
el misterio de tu Sacrificio redentor por la salvación de la humanidad,
escucha nuestra invocación:
— mediante tu Espíritu, renueva tu Iglesia, para que pueda con creciente
fecundidad ofrecer al mundo los frutos de tu redención;
— mediante tu Espíritu, fortifica en sus santos propósitos a aquellos
que han dedicado su vida a tu Iglesia: en el presbiterado, en el
diaconado, en la vida religiosa, en los institutos misioneros o en las
formas de vida consagrada; Tú, que los has llamado a tu servicio, hazlos
perfectos cooperadores de tu obra de salvación;
— mediante tu Espíritu, multiplica las llamadas a tu servicio: Tú lees
en los corazones y sabes que muchos están dispuestos a seguirte y a
trabajar por Ti; da a muchos jóvenes, y menos jóvenes, la generosidad
necesaria para acoger tu llamada, la fuerza para aceptar las renuncias
que ella exige, la alegría de llevar la cruz que supone su elección,
como Tú la has llevado primero, con la certeza de la resurrección.
Te rogamos, Señor Jesús, en unión de tu Santísima Madre María, que ha
estado junto a Ti en la hora de tu Sacrificio redentor; te rogamos por
su intercesión, que muchos de nosotros, hoy también, tengamos el valor y
la humildad, la fidelidad y el amor para responder "Sí", como Ella
respondió cuando fue llamada a colaborar contigo en tu misión de
salvación universal. Así sea.
5. Confío esta nuestra oración a la misericordia de Dios, para que Él la
acoja y la escuche. Nuestra confianza, respecto a esto, crece con motivo
del Año Santo, que celebramos como memorial de la redención llevada a
cabo por el Señor Jesús. A Él pido la abundancia de la gracia, mientras
con gozo imparto la propiciatoria bendición apostólica a todos vosotros,
venerados hermanos en el Episcopado, a los presbíteros, a los religiosos,
a las religiosas y a todo el Pueblo de Dios, con particular referencia a
cuantos están viviendo la propia formación en los seminarios e
institutos religiosos.
Vaticano, 2 de febrero de 1983, fiesta de la Presentación del Señor en
el templo de Jerusalén, año V de mi pontificado.
JOANNES PAULUS PP. II |